miércoles, 6 de abril de 2011

FELISBERTO ANDA POR AHÍ

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Felisberto anda por ahí, no sé bien dónde se oculta pero está. No hace falta que lo vea, lo intuyo, lo huelo, lo presiento.

Debe ser tímido, nunca ha consentido un encuentro frontal pero me ronda, vigila mis pasos, controla mis anhelos. Por momentos lo adivino a mis espaldas, como un ángel o un asesino misterioso otras veces me atisba desde la tela de araña que adorna aquel rincón.

Hemos alcanzado un mudo acuerdo: él se esconde y yo no lo busco pero aprendí a oler en el aire sus huellas invisibles y eso me apacigua; aunque esté sola con mi alma sola, Felisberto anda por ahí. Algunas veces se enreda en mi sombra o es su sombra la que se esquina en el vano de la puerta. Lo descubrí en la mancha de humedad que flota sobre el techo del living, apenas le veo el perfil y su cabellera enrulada se mece con la brisa. También lo delatan el olor del chocolate -que lo aventaja como un pregón- o el canto de algún grillo perdido en pleno invierno.

Felisberto es y no es, no puedo abrazarlo ni acariciar su piel pero me ayuda a elegir las naranjas más dulces, hace que los fósforos no se apaguen hasta que el horno haya encendido, sopla sinónimos en mi oreja, siempre tengo monedas para el colectivo y jamás he vuelto a destaparme por las noches. Las plantas del balcón crecen fuertes aunque me olvide de regarlas y cuando sopla el viento sur es Felisberto quien sostiene las maderas y evita el ruidoso entrechocar de la persiana que antes aseguraba mi pasaporte al insomnio.

Le dejo regalos que él nunca acepta: un bombón de café, una copa de vino, un cascabel y hasta una bufanda roja y blanca tejida con mis propias manos.

Se quedará en casa, lo sé, porque ambos nos necesitamos para ser. Tal vez por eso ya no me preocupa la soledad pues aunque no pueda verlo, Felisberto anda por ahí.

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martes, 8 de marzo de 2011

CAMACUÁ 237

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“229… 233… 237, Camacuá 237 2º F, es acá” se dijo el hombre de saco jaspeado mientras guardaba en el bolsillo el recorte del diario. El tipo de bigote fino que regaba la vereda como si la Tierra no tuviera problemas con el agua relojeó al desconocido con aires de empleado de seguridad y preguntó:

–¿A quién busca?
–Eeh, el 2º F, pusieron un aviso en el diario…
– ¿2ºF?, Doña Blanca, deje yo le hablo– y solícitamente apretó el justo punto de intersección entre las rectas perpendiculares que nacían en el 2 y en la F
del portero eléctrico que brillaba de recién pulido.
–¿Quién es?– chilló la voz que se deslizó por los cables hasta la vereda.
–Soy yo doña Blanca, Darwin, ¿cómo le va? Acá hay un señor que la busca, dice que es por un aviso del diario.
–Qué suba, que suba, gracias Darwin, ¡qué haríamos sin usted!

–Dice que suba.
–Escuché, gracias… ¿Darwin?
–Darwin Elbio Rodríguez, a las órdenes.
–¿Uruguayo?
–Sí, ¿cómo lo supo?
–Una corazonada.
El hombre de saco jaspeado desapareció tras la puerta del ascensor mientras volvía a sacar del bolsillo el recorte del diario.

Una señora de cara demasiado redonda abrió la puerta del 2º F un instante antes de que sonara el timbre.
–¿Doña Blanca? Soy Roberto Meneces, vengo por el aviso.

La mujer lo miró de arriba abajo y preguntó:
–¿Altura, peso, edad?, ¿el pelo y los dientes, son suyos?
– Un metro ochenta y dos, 80 kilos, 54 y ambas cosas son mías, el pelo es lo que queda…
–Bien, bien, está dentro de las especificaciones, pase, póngase cómodo que le explico.

Living oscuro, las paredes enteladas irradiaban un brillo sedoso arrancado por una lámpara pequeña ubicada sobre una mesita baja. Cuadros demasiado grandes para las dimensiones del lugar hablaban de un pasado más opulento o, por lo menos, más espacioso. Una inmensa biblioteca guardaba casi tantos libros como adornos de dudosa procedencia o gusto. En el fondo del salón una cortina con arabescos y estrellas vaticinaba otro ambiente contiguo y misterioso. El aroma denso y dulzón emanaba de un hornillo o como se llamara ese aparatito. A Roberto le costaba respirar.

–Sientesé –ordenó la doña al tiempo que señalaba unos silloncitos que hasta el ademán amplio de la mujer se ocultaban en la oscuridad. Ella se sentó a su lado, alisó la falda de una especie de kimono o albornoz (Roberto no sabía bien la diferencia) y continuó– Esto es un negocio, soy Doña Blanca, médium y vidente natural, mi trabajo no es fácil, hay cada cliente… en fin, hace unos días vino una viuda con el afán de comunicarse con el finado, yo accedí de mil amores, como le dije, soy médium, lo mío es casi un trabajo social. Preparé el ambiente, dispuse el aroma correcto, me rodeé de los elementos pertinentes pero nada, el muerto se negó a manifestarse a través de mí, me dice que soy mujer, que no estaría a gusto y bla bla bla. Intenté convencerlo pero nada y en estos casos no conviene ponerse al muerto en contra porque no vuelve más. Debe estar bueno el otro lado.
–Perdone doña Blanca, pero no entiendo nada… ¿para qué puso el aviso en el diario pidiendo un hombre de entre 50 y 60, de más de 1,80 de altura, ni gordo ni flaco, con todos los dientes y con todo el pelo?
–Justamente, este hombre, bah, espíritu quiere un interlocutor de esas características para hacerse presente y hablar con la mujer. Por eso lo del aviso, no se me ocurrió otra cosa. Estuve a punto de rechazar el trabajo porque soy una profesional, no necesito acceder a las veleidades del otro lado pero con los tiempos de vacas flacas que corren preferí invertir en alguien como usted.
–A ver si entendí, ¿usted quiere que el muerto se instale en mi cuerpo para hablar con la mina? –preguntó Roberto con la voz afinada por el pánico.
–Eso mismo, pero no se preocupe porque no duele, usted ni se va a enterar porque lo pongo en trance, será cuestión de quince minutos con toda la furia, esa gente no se queda mucho tiempo por acá. Fíjese que en ese ratito hará una buena plata porque la señora está es de posición acomodada y le pienso cobrar todas estas molestias.
–No quiero parecer un cobarde, pero me da miedo, nunca me mezclé con el más allá, así que mejor me voy.
–¡Déjese de pavadas hombre! Esto lo hago desde que tengo seis años, mi vieja y mi abuela tenían el mismo talento. Le aseguro que no tiene nada que temer… nunca va a ganar tanto dinero en tan poco tiempo.
–Poniéndolo en esos términos, no sé, tal vez deba pensarlo un poco, como usted dijo, no soy épocas para rechazar trabajo.
–¡Bravo, no se va a arrepentir! Déjeme su teléfono y cuando arregle la sesión con la viuda le aviso.

Roberto llegó a la vereda con alguna intranquilidad en la barriga, por la propuesta de doña Blanca o porque venía comiendo salteado. Darwin seguía regando la vereda como quien pretende hacer crecer calabazas de entre las baldosas pero desatendió su labor para saludarlo con un ligero movimiento de cabeza.


–¿Le parece bien el martes a las cuatro?– doña Blanca en el teléfono sonaba igual de chillona que por el portero eléctrico.
–El martes a las cuatro estaré ahí.
–Traiga corbata, el finado era bastante pituco.


Ese martes Roberto llegó a Camacuá 237 con los nervios de punta, Darwin no regaba la vereda, se cebaba unos mates mientras clasificaba la correspondencia.
–Doña Blanca lo espera– le dijo a modo de saludo.

Fue una mujer regordeta y de collar de perlas que se presentó como Amanda Barrientos, viuda de Torres quien abrió la puerta y lo invitó con un cafecito mientras, le explicaba, “doña Blanca hace los últimos arreglos”.

–Encantado y no gracias– dijo Roberto a quien no le pasaba ni la propia saliva, mucho menos un café.

En eso se descorrió la cortina del fondo, la medium vestida para la ocasión con largo vestido negro, profusión de collares y pulseras, anillos en todos los dedos y un tercer ojo pintado en medio de la frente hizo su entrada dramática. “Si no estuviera tan cagado en las patas me reiría de todo esto… como la está empaquetando a la viuda… hay gente que no sabe en qué tirar la plata, falta la bola de cristal y estamos todos”, pensó Roberto mientras ofrecía su brazo a Amanda para encaminarla al recinto recién revelado.

La atmósfera era opresiva, la luz escasísima provenía de una única vela. Doña Blanca en evidente trance o actuación fenomenal los invitó a sentarse a la mesa de tres patas.

“Tres patas, típico”, fue el último pensamiento de Roberto. El último.

Doña Blanca mascullaba alguna oración, la viuda recorría con la mirada extraviada la oscuridad circundante y Roberto ya no era Roberto… un rayo helado lo había recorrido de norte a sur no más sentarse, Roberto ya no era Roberto, era Torres.

Y Torres habló con la voz de Roberto:
–¿Qué querés Amanda, no te bastó la vida entera que ahora me venís a romper la paciencia después de muerto?
–Ay, Juan, yo no te quiero molestar –balbució la mujer visiblemente asustada, la voz de Torres era casi un trueno– quería saber dónde guardaste los ahorros, dí vuelta la casa y no encontré nada, nunca te gustaron los bancos así que supuse que deben estar bien escondidos.
–¿MIS AHORROS? –aulló Torres– ¡¡¡ESO SÍ QUE NO!!!. La carcajada de ultratumba –que tan bien les sale a los fantasmas– heló la sangre de la viuda, doña Blanca se despatarró y cayó al suelo al tiempo que el antes muerto atravesaba la estancia a zancadas. El portazo anunció su salida.

En la vereda y de saco jaspeado el antes Roberto Meneces y ahora Juan Torres saludó a Darwin Elbio Rodríguez con una elegante inclinación de cabeza.

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miércoles, 5 de enero de 2011

EN HONOR A JORGE LUIS

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Agradezco al oro de los tigres que aún me conecta a lo real cuando, desesperado, busco frente a su jaula triste, asirme al mundo conocido y escapar de las brumas cada vez más densas que se ciernen agobiantes sobre mí. No sé porqué el amarillo se resiste a la ceguera. Cuando joven no lo tenía entre mis cálculos. Ahora es vital. Irritado lo busco a mi alrededor y me encadeno a su longitud de onda como a un árbol.

Cierto es que los otros sentidos han tomado, poco a poco, el lugar del que mis ojos desertaron. Estas manos aprendieron a descubrir texturas tan inexplicables como intrincadas: me deleito cuando acomodo la palma a las redondeces suaves de mi gato Beppo –a quién recuerdo blanco– para despertar inevitablemente, sus sonidos únicos, graves y tranquilizadores. Me animo a afirmar que, en esos momentos, ser ciego es casi un privilegio. Cada tarde me desafío a descubrir el verdadero sabor del té, aspirando sus perfumes ingleses impregnados de naranja sutil, que luego compruebo en la boca. Con el tiempo he adquirido la inapreciable habilidad de adivinar el aspecto de una mujer, sólo por el aroma de su piel. No fallo jamás. Mi amigo Bioy, que bien sabe de estos temas, ratifica mis sentencias.

Hay otro detalle que me reconcilia con la catástrofe de no ver. Tengo intactos los ojos del espíritu. Ellos ven dentro de mí e iluminan como un faro experiencias, conversaciones, lecturas pasadas y recuerdos ni siquiera vividos. Para usar algún oxímoron, a los que soy tan afecto, diría que de esa radiante oscuridad que llena mi cabeza, emergen mis cuentos y poemas más humildes.

Ya estoy acostumbrado a depender de ojos ajenos, sólo quisiera disfrutar, aunque más no fuera una vez, la trama perfecta de la tela de una araña.

J.L.B

Enviado a Perras Negras el 26 de mayo de 2006. Consigna “protagonista ciego” Menos de 300 palabras.


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domingo, 7 de noviembre de 2010

LOS TANGOS DE JOVITA

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No se cómo me acordé de Ringo, son esas cosas que pasan sin permiso, sin lógica ni razón. Será que extraño su franqueza y su lealtad casi brutales, no sé. Lo cierto es que hoy me descubrí pensando en Bonavena, en su estúpida muerte en el Mustang Ranch, en los Conforte, qué pibes pesados… Si se hubiera quedado acá, todavía compartiríamos, cada tanto, las ravioladas en Boedo, en casa de doña Dominga, donde, no más entrar, era como meterse entre la ropa -mezclado con el olor a tuco- un cacho de barrio porteño.

A Ringo le gustaban las sobremesas tanto como contar historias desopilantes, exageradas y también tiernitas. Las contaba con los ojos brillantes y ademanes torpes que dibujaban escenas en el aire. Era un chico pretendiendo llamar la atención, un chico de noventa y pico de kilos.

Fue él quien me contó la historia de Jovita.

Aquel domingo, la señora servía el café pelando, como de costumbre, y asentía con la cabeza cada palabra del hijo con la adoración pintada en la cara. “¿Nunca te conté de Jovita?”, me preguntó Ringo tocando mi brazo con su manaza. Creí adivinar, por su tono de voz, que ese recuerdo asustaba al campeón.

“Acá todos los pibes sabían tocar el piano, todos menos yo, en casa no había guita para bancar una profesora ¿no, vieja? Pero yo vigilaba la vereda desde la ventana del comedor esperando que Jovita entrara y saliera de los zaguanes de las casas vecinas con su carterita negra apretada contra el cuerpo y las partituras bajo el brazo. Era mas bien fiera, pelirroja, y se peinaba como con una banana de pelo sobre la frente, bueno, así se peinaban todas las minas, ¿te acordás? y usaba unos anteojitos puntudos de estrella de cine. Para mí era medio jovata, le calculo unos treinta y pico, pero tenía unas piernas que… ¡mamma mía!” Doña Dominga pasó por detrás de Ringo y le pegó un revés en la nuca como amonestándolo por el tenor de ese último recuerdo.

“Desde acá se oían los pianos aporreados por los chicos durante toda la tarde”, prosiguió Ringo y contó que volaban escalas, que sonaba Chopin o Beethoven, pero que al final de cada clase, Jovita arremetía con un tangazo, tal vez para divertir a sus alumnos o para demostrarles la versatilidad del piano. “Esa era la mejor parte, yo miraba el reloj y salía a la calle para esperar ese momento, a veces era ‘El choclo’ o ‘La cumparsita’, pero a mí me encantaba ‘Adiós Pampa mía’ ”.

Ringo sorbió un poco de café como para tomar envión y doña Dominga se sentó a su lado –creo que para protegerlo– a escuchar el final de la historia.

“Pero un día Jovita no volvió”, me dijo Ringo bajando la vista.

–Una pena de amor –acotó doña Dominga– eso fue lo que se comentó en el barrio. Parece que se enredó con un mal tipo que la engañó para sacarle unos ahorros. La pobre Jovita no volvió a salir de la casa –vivía por acá cerca– y al poquito tiempo se murió. Yo no la conocía mucho ¿sabe?, pero mi comadre escuchó que no estaba enferma ni nada, se murió de tristeza la pobre. Una lástima, era una buena mujer y tocaba lindo.

“Sí, a mí me dio pena y eso que era chico”, ¿qué tendría, vieja, diez años?”, continuó Ringo retomando el hilo, “pero las cosas no terminaron ahí: unos meses más tarde, sería un jueves, a eso de las tres, volví a escuchar ‘Adiós Pampa mía’ y salí como loco a la calle. Me fui arrimando a las puertas vecinas, apoyaba la oreja, pero no venía de ninguna casa en particular. No puedo explicar bien de dónde llegaba la música que sonaba igualito a como la tocaba ella. Me agarré un jabón tremendo y me vine corriendo para casa, ¿se acuerda vieja?

¬Doña Dominga le acarició la cabeza y terminó el cuento:
–¿Sabe? –me dijo– llegó blanco como un papel. Me contó lo de la música y yo lo quise tranquilizar, le dije que seguramente provenía de alguna casa un poco más alejada, pero no se conformó. Los días que siguieron yo misma escuché los tangos a la hora de la siesta y salí a la calle, mi comadre también los oyó y varios vecinos de por acá, lo mismo. Le digo más, el muchacho de la farmacia dijo que una noche vio a la profesora de piano caminando por la calle con la carterita negra apretada contra el cuerpo y las partituras bajo el brazo. Al principio todos estábamos como en ascuas, queriendo saber y no saber. Después la cosa fue raleando, nos olvidamos… hay tanto que hacer en la vida, pero dicen que todavía en algún zaguán de Boedo se escuchan, algún jueves a eso de las tres, los tangos de Jovita.


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Enviado a Perras Negras el 2 de junio de 2008. Consigna 121. El maestro de música. Menos de 600 palabras

viernes, 17 de septiembre de 2010

A TU SALUD

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Este cuento está incluido en la selección "Los vuelos del tintero" de editorial Dunken






Cuando Perica murió ninguna supo cómo digerir la novedad. No es que no entendiéramos el concepto de “se acabó” qué implica la muerte, no fue eso, nada más que la noticia del aneurisma nos sacudió como un terremoto aquella noche de abril en la que sonaron todos los teléfonos al mismo tiempo y quedamos tan descolocadas que tanto atinamos a llorar por ella como a reír tocándonos unas a otras para verificar nuestra carnadura y celebrar en cada abrazo que no nos había llegado la hora. No nos engañemos, el “mejor que haya sido ella y no yo” fue un pensamiento que, a las seis que nos quedamos hasta último momento en el velorio, nos rondó por la cabeza. Ninguna de nosotras, jóvenes y con vidas florecientes, hubiera tomado su lugar. Éramos buenas amigas, no extremistas de la amistad.

Las siete, incluyendo a Perica, nos habíamos coleccionado de la vida: del barrio, de la escuela, de una antigua vacación en San Bernardo o de algún amigo o novio ya lejano y prescripto.

Las seis, como un enjambre de anteojos negros, seguimos el ataúd de madera oscura y la cruz plateada hasta el cementerio. Las seis, como una sola oreja, escuchamos las palabras del pastor y mantuvimos en perfecta coordinación los hipos y sollozos sin superponernos y evitando notas discordantes. Movimos las seis cabezas de arriba abajo acompañando el descenso del cajón y contamos las paladas de tierra –sesenta y dos- que formaron una montañita leve. Seis flores blancas fueron nuestro último adiós.

Y después, después no pudimos ni decirnos “hasta luego” o “nos hablamos”. Fue imposible despegarnos. De haberlo hecho se hubiera roto la cohesión de nuestros átomos. Qué harían ahora seis mujeres que hasta entonces habían sido siete y sólo se habían juntado para festejar o, a lo sumo, para compartir alguna tristeza que es otra forma de celebrar la amistad. Cómo hacer para metabolizar la situación nueva de la que todavía ninguna había caído del todo.

Nos demoramos sin atrevernos a cruzar el portón del cementerio, tal vez, me animo a aventurar, nos daba pena dejar sola a Perica entre tanto muerto ignoto cuando la habíamos visto hacía tan poco, en casa de Merce me parece... la cosa es que ninguna se animaba a romper filas.

“Vamos a tomar algo”, propuso Teresa o pudo ser Soledad. Eso nos animó, nos puso la sangre a circular de nuevo como si de golpe la bandada de pájaras dispersa por la tormenta encontrara, en algún punto notable –el edificio de Telefónica o el monumento a los españoles–, el camino de regreso a casa.

Y así marchamos de tres en tres –porque las seis no entrábamos en la vereda– y del bracete, para darnos calor o para no caernos, hasta un bar medio roñoso.

“¿Qué van a tomar?”, preguntó el mozo dándole un marco de realidad a la circunstancia todavía ficticia que recién empezábamos a transitar. “A Perica le gustaba el vino tinto”, dijo por lo bajo Mercedes. “Tráiganos un tinto de la casa y una picada con salame y queso” pidió Laura y agregó como un dato irrefutable: “A Perica le gustaba picado fino”. “Y pan de campo, si puede ser”, remató Dolores, “¿se acuerdan?, Perica se bajaba la panera en dos minutos”. Y todas reímos, las seis, o las siete porque Perica estaba allí sentada entre nosotras a punto de contar otra historia exagerada.

El vino hizo su efecto, logró distender y relajar. De pronto, sin proponerlo siquiera, estábamos contando anécdotas sobre Perica y brindando a su salud… ¿a su salud? Sí, a tu salud Perica, dónde quiera que estés.

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Enviado a Perras Negras el 21 de noviembre de 2008. Consigna 138 “Después de sepultarla” menos de 800 palabras.

lunes, 23 de agosto de 2010

HOMBRE DE VIENTO

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Lo traerá el viento… lo traerá el viento.

Mucho después de que todo pasara recordaría que aquella noche un susurro la había despertado.

Como siempre, se había acostado antes de la medianoche; tardó en dormirse porque el viento aporreaba la persiana de su cuarto con ese entrechocar de maderas intempestivo y violento que no le causaba un exagerado temor pero que la angustiaba porque tenía la convicción de que, aunque invisible, el aire animado de energía extrema causa estragos, lo mismo que el amor.

El cansancio o el contar desilusiones con piel de oveja la durmieron por un rato, pero luego algo la despertó. En ese momento culpó a los ruidos cada vez más fuertes que zamarreaban su ventana aunque más tarde, después de que todo pasara, admitiría que había sido aquella voz la responsable de su madrugada en vigilia.

Supo que ya no dormiría más y se levantó dispuesta a un café con leche que le abrigara el alma y le llenara la nariz de aromas queridos; tal vez hubieran quedado un par de galletitas dulces para amenizar la zozobra del sueño. Arrastrando las pantuflas llegó a la cocina y se felicitó por haber lavado los platos de la cena. De haber olido restos de comida su humor, ya vapuleado, se tornaría imposible y no habría manera de componer ese día que empezaba demasiado temprano. Parece mentira como pequeños detalles intrascendentes son vitales a la hora de armar el rompecabezas diario. Esas aparentes nimiedades son las que nos hacen tan complejos y tan distintos los unos de los otros.

Sin pensar, como un acto reflejo, corrió la cortina de la ventana y, miró sin prestar atención por suponer que el jardín seguiría igual que siempre. Fue entonces cuando se le cayó la cuchara con estrépito inusual y su boca se abrió en un grito que le quedó atrapado en la garganta: a la luz lechosa del alba, denso y furioso, un enorme remolino de hojas secas giraba en medio del patio de baldosas rojas que limitaba el césped. Dictaminó un fenómeno meteorológico extremadamente local y salió como loca con el afán de salvar la ropa que, colgada de la soga, se bamboleaba casi queriendo volar.

También recordaría más tarde que lo que pasó luego no sucedió inmediatamente, se fue gestando durante un par de minutos durante los cuales cayó sentada sobre las baldosas rojas con un par de bombachas resecas aferradas al pecho y cuatro broches de madera en los bolsillos del salto de cama que se le clavaban en la cadera sin que ella atinara a modificar esta situación. El remolino, cada vez más corpóreo y más macizo, fue creciendo en altura y densidad hasta qué, luego de un par de volutas más agitadas y entre dos espasmos, parió un hombre vestido de hojas secas que aterrizó junto a ella medio atontado.

–¿Quién sos, de dónde venís?– preguntó ella
–No se quién soy– le dijo él –tampoco sé de dónde vengo, sólo tengo en la mente una misión que cumplir pero ni siquiera recuerdo de qué se trata.

Ella reparó en la vestimenta vegetal del hombre y en su evidente turbación. Parecía genuinamente preocupado y se lo veía desprotegido, solo. Venciendo algunos reparos lo invitó a pasar a la casa animada por un deseo de proteger que la invadió de repente como cuando uno se topa con un animal herido.

–Vení, entremos, te traigo una frazada o algo para que te tapes, acá hace frío.

El perfume del café que inundaba la cocina pareció reanimar al hombre quien envuelto en una colcha floreada se sentó a la mesa y aguardó sin hablar. Sus ojos descubrían las cosas por primera vez y no parecía tener conciencia de su desnudez, tan así, que tardó unos segundos en cubrirse.

Ella recordaría, mucho más tarde, cuando ya hubiera aprendido a evocarlo, que en ese momento le pareció un náufrago; una de esas personas olvidadas por años en una isla desierta que apenas si pueden reconocer los nombres de las cosas más vanas; casi un inocente que debe emplear una mayéutica ante cada objeto descubierto.

Él actuó con naturalidad como si ese café, esa cocina, esa casa y esa mujer le hubieran sido dados por un ser superior o formaran parte de un plan supremo de imposible comprensión. No se cuestionó lo extraño de la situación. Ella tampoco lo hizo. Por el contrario, estaba entre feliz y azorada de tener en su casa a aquel hombre de viento. Habían resultado compatibles: ella disfrutaba enseñando lo obvio y él aprendiendo hasta el detalle más trivial. Pronto se hallaron compartiendo la cama y las risas. A él hubo que explicarle qué era reír y eso que ella apenas si lo recordaba.

Los días se poblaron de cotidianeidad, uno estaba en la historia del otro como si se hubieran pertenecido siempre. Ya conocían cuáles eran los gustos y las preferencias de cada uno y no era difícil sorprenderlos en gestos de amor: ella le acariciaba la cara sin motivo aparente o él le besaba el hombro cuando pasaba cerca.

Hasta que volvió el viento. Y no hubo palabras que explicaran nada aunque ambos supieron que él se iría. Esa noche de dolor y de ventanas aporreadas con furia el inevitable remolino de aire y hojas secas volvió a enroscarse en el patio de baldosas rojas que limita el césped. Ambos se unieron en mudo abrazo y en medio segundo él, simplemente, desapareció entre dos giros.

Mucho tiempo después cuando ella ya había aprendido a esperarlo recordaría que en ese instante de absoluta tristeza volvió a escuchar aquella voz que le susurró al oído: “Ya no llores, volverá con el viento”.

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Enviado a PN el 14 de enero de 2009. Consigna 146: Lo que dejó el viento. Libre

jueves, 15 de julio de 2010

EL BAGRE

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Se levantó de la cama sintiéndose pez. Sonrió por la humorada y recordó a Kafka pero notó que los bigotes le rozaban la almohada. Eso era más que raro, en especial, porque nunca había usado bigotes. Frente al espejo comprobó los temores que se habían ido gestando durante el pequeño trayecto entre la cama y el cuarto de baño.

¡Por Dios, era un bagre! Un inmundo bicho de río que aleteaba desesperado tratando de recuperar inútilmente sus formas humanas. De pronto se sintió morir, claro… el aire. Era un pescado en serio, necesitaba agua o moriría ahí mismo. Daría sus últimos coletazos sobre el frío piso de cerámica negra.

Sin meditarlo más, se lanzó de cabeza al inodoro -por suerte limpio- y comenzó su larga travesía buscando el Río de la Plata, esa enorme masa de agua leonada que tantas veces había mirado sin ver cada vez que, como loco, manejaba su deportivo por la Costanera burlando los semáforos y jugando carreras con los aviones que decolaban en el Aeroparque.

Ya en el río se sintió mejor, al menos podía respirar el oxígeno disuelto en el agua, como todos los peces. Sus branquias funcionaban a la perfección y pudo verificar que lo estudiado en el secundario sobre la fisiología ictícola, era cierto. Alentado por recordar tal remoto detalle, se animó a buscar alimento.

“El pez grande se come al chico, igual que en la Bolsa “, pensó.
En el fondo barroso descubrió unos pececitos que le hicieron agua a la boca –por si necesitara más, dadas las actuales circunstancias– y como si toda su vida hubiera tenido aletas y cola se lanzó sobre ellos desplegando una técnica de cazador que le recordó su vida de bípedo en la que atacaba sin piedad a cualquier mujer que se le pusiera a tiro. Reconoció que le daba un poco de asco no ya el pescado crudo, sino vivo, pero se dijo que si se había adaptado al sushi, esto no le costaría mayor trabajo.

Con la panza llena, se dedicó, entonces, a perfeccionar la natación. Hendió el agua con su cabeza plana; sus músculos poderosos lo impulsaron como un torpedo. El agua fresca le acariciaba el lomo y el abdomen blanco y firme como las manos de una masajista experimentada.

Pocas veces había sido tan feliz, ni cuando había hecho aquel negocio millonario, ni siquiera cuando le había birlado el cliente más importante a la otra agencia publicitaria. Estaba vivo.

-¡Vivo! –gritó, olvidando su condición de Parapimelodus valenciennis y se atragantó con la bocanada de agua excesiva y turbia; tosió con tos de pez.

Algo comestible se sacudió en el barro y se zambulló tras la presa.

-¡Picó! ¡Picó!- exclamó el gordo observando como se curvaba la punta de la caña. Apoyando su barriga en la escollera, levantó el trofeo que se movía como loco enganchado del anzuelo.
Con gesto experto, desengarzó el bagre y lo tiró en el balde. Animado de cierta maldad esperó su muerte.

El hombre, empapado en sudor apoyó sus manos en el lavabo. Abrió el grifo y se lavó la cara, buscando en esa acción, calmar la taquicardia que le retumbaba en los oídos. Sus pies descalzos en la cerámica negra por poco ceden a la tentación de dejar de sostenerlo.

-Tengo que dejar esta merca porque me va volar la cabeza¬– se dijo volviendo a su cuarto con un regusto a lombriz todavía en la boca.

En su espalda, justo bajo el omóplato izquierdo, algunas escamas plateadas resplandecieron a la luz del sol.


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Enviado a La Nación el 2 de mayo de 2006. (menos de 600 palabras) Consigna “algo que se desarrolle abajo del agua”
Enviado el 16 de junio a Perras Negras – Consigna nº 19 tema libre – menos de 1000 palabras.